Instintivamente, colocó a la niña detrás de él.
—Nadie la toca —dijo con voz baja, peligrosa.
En el mostrador, un joven observaba demasiado tranquilo. Demasiado atento.
La tensión creció como una cuerda a punto de romperse.
La niña, con la mano temblorosa, señaló un parche en el chaleco del motociclista: un lobo desgastado.
—Mi mamá dijo… que si veía ese símbolo… debía buscarte.
El rostro del hombre se quebró.
Por primera vez, el miedo no venía de él… sino hacia él.
Se agachó lentamente hasta quedar a la altura de la niña.
—Dime su nombre —susurró.
—Rose.
El mundo pareció detenerse.
El motociclista cerró los ojos un segundo… como si el pasado acabara de golpearlo de frente.
Y al abrirlos, miró al joven del mostrador.
Esta vez, no había dudas.
Solo confrontación.
