Una vendedora golpeó el cristal de la vitrina con impaciencia. —¡No se queden aquí soñando con cosas que no pueden pagar! —dijo con frialdad.
La niña se sobresaltó y se escondió detrás de su abuelo. El ambiente cambió de inmediato: incómodo, pesado, cruel.
El anciano bajó la mirada.
—Por favor… es solo una niña —murmuró con voz temblorosa.
La vendedora soltó una sonrisa fría.
—Entonces enséñele la realidad.
El silencio volvió, más fuerte que antes. La niña miraba el colgante, pero ahora sus ojos ya no brillaban igual.
Y la tienda siguió brillando… como si nada hubiera pasado.
