Parte 2 : La niña subió con dificultad al banco del piano. Sus manos temblaban.

Y entonces, tocó.

Las primeras notas fueron frágiles… casi rotas.

Pero en segundos, la música llenó el salón como una herida abierta.

El aire cambió.

Las risas murieron.

Las copas se detuvieron en el aire.

La mujer de oro bajó lentamente su bebida, sin palabras.

Incluso el salón entero parecía haber olvidado cómo respirar.

Al fondo, el anfitrión —un hombre poderoso, de mirada fría— se quedó inmóvil.

Algo en esa melodía lo golpeó más fuerte que todo el lujo a su alrededor.

Susurró:

—“Esa música… no es posible…”

La niña siguió tocando, como si el mundo no existiera.

Hasta que ocurrió.

Su manga se deslizó hacia atrás.

En su muñeca apareció una pequeña marca de nacimiento.

El anfitrión palideció.

Su voz se rompió:

—“No… esa es mi hija…”

El salón entero quedó en silencio absoluto.

Y la música continuó… como si finalmente hubiera encontrado su verdad.

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