PARTE 3:Abrí la puerta solo unos centímetros, manteniendo la cadena de seguridad puesta.

Al otro lado había una mujer con un elegante traje negro. Sonreía, pero sus ojos estaban completamente fríos.

—Buenas noches, Elena. Disculpe la hora. Vengo de parte de la señora Camila Whitmore. Hubo un pequeño error con un paquete enviado a esta dirección.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—No sé de qué está hablando.

La mujer sonrió aún más.

—Claro que lo sabe. Solo queremos recuperar una vieja muñeca de trapo. No tiene ningún valor para usted.

Detrás de ella vi un automóvil negro con el motor encendido. Otro hombre esperaba dentro, observando cada movimiento.

Apreté el bolsillo donde escondía la memoria USB.

—Aquí no hay ninguna muñeca.

Su sonrisa desapareció.

—Señora Elena… no convierta esto en un problema.

En ese instante, Sophie apareció detrás de mí, frotándose los ojos.

—Mamá… ¿quién es?

La mujer miró a mi hija y volvió a sonreír, esta vez de una forma que me heló la sangre.

—Qué niña tan hermosa.

Cerré la puerta de golpe.

Inmediatamente comenzaron los golpes.

¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!

—¡Abra la puerta! —gritó la mujer—. ¡Sabemos que la muñeca está ahí!

Tomé a Sophie en brazos, agarré la muñeca y corrí hacia la salida trasera del edificio.

No sabía adónde ir.

Solo sabía que no podía quedarme allí.

Mientras bajábamos las escaleras, mi teléfono vibró.

Era un número desconocido.

Contesté con la respiración agitada.

—¿Hola?

Solo escuché una voz masculina, muy débil.

—Elena… soy Alexander.

Sentí que las piernas casi me fallaban.

—Escúchame con atención. No confíes en nadie. Camila descubrió que escondí las pruebas dentro de la muñeca. Si te encuentran, también irán por Sophie.

La llamada comenzó a llenarse de interferencias.

—¿Dónde estás? ¡Dime dónde estás!

—Debajo de… la finca… Lake—

La comunicación se cortó.

Miré la pantalla.

Llamada finalizada.

En ese mismo momento escuché el chirrido de unos neumáticos.

El automóvil negro acababa de detenerse frente a la salida trasera del edificio.

Los dos hombres bajaron al mismo tiempo.

Uno de ellos señaló directamente hacia mí.

—¡Ahí está!

Tomé la mano de Sophie y eché a correr sin mirar atrás.

No tenía idea de quién podía ayudarme.

Pero ahora estaba completamente segura de una cosa.

Alexander nunca había enviado aquella muñeca como un regalo.

La había enviado como un último grito desesperado de auxilio.

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