Pero la sonrisa desapareció.
Frunció el ceño.
Se quedó quieto.
Volvió a escribir.
Otra vez.
Su expresión se vació lentamente.
El color abandonó su rostro.
Un susurro nervioso rompió el silencio:
“¿Señor…?”
La sala entera estaba paralizada.
Charles levantó la mirada lentamente, con la voz apenas audible:
“Esta cuenta… pertenece a la empresa matriz.”
Un estallido de jadeos llenó el banco.
Los teléfonos subieron aún más alto.
El veterano no dijo nada.
Solo miró en silencio.
Y por primera vez en su vida…
Charles Hayes sintió verdadero miedo.
