El bebé extendió la mano.
El anciano no se movió al principio. Pero su mirada sí.
Primero incredulidad. Luego irritación. Luego algo peor.
Reconocimiento.
Su tenedor cayó lentamente de sus dedos, rebotando en el mármol como un eco metálico. Su cuerpo se tensó, como si la memoria acabara de golpearlo físicamente.
Un flash cruzó su mente: un colgante de media luna plateada… una habitación oscura… un llanto que no supo detener.
El bebé tocó su rodilla.
Fue un contacto mínimo. Pero suficiente.
El anciano se estremeció violentamente, como si ese gesto hubiera abierto una puerta cerrada durante décadas. Algunos clientes gritaron. Otros retrocedieron. Nadie entendía qué estaba pasando, pero todos lo sentían como una invasión.
Bajo la manta, el colgante apareció.
Media luna plateada.
Exactamente igual al de su recuerdo.
El rostro del anciano se quebró en algo entre terror y negación. Intentó hablar, pero no hubo palabras. Solo aire.
Y entonces—
corte a negro.
