El silencio era absoluto.
Dentro del ataúd, Don Miguel no tenía las manos cruzadas sobre el pecho como todos esperaban.
Sus dedos estaban cubiertos de tierra húmeda.
La tapa interior mostraba profundas marcas de uñas.
El médico presente se acercó rápidamente y, tras unos segundos de revisar el cuerpo, levantó la vista completamente pálido.
—Esperen… esto no ocurrió después de morir…
Un murmullo recorrió todo el cementerio.
Thunder comenzó a relinchar con desesperación, como si hubiera intentado advertir a todos desde el principio.
La policía acordonó el lugar y abrió una investigación.
Horas más tarde, los investigadores descubrieron una verdad que sacudió al pueblo entero: Don Miguel había sufrido un extraño colapso y había sido declarado muerto demasiado pronto.
Desde aquel día, nadie volvió a dudar del instinto de Thunder.
Muchos en el pueblo aún dicen que, si el caballo no hubiera roto el ataúd, la verdad jamás habría salido a la luz.
